El Chancellor
El Chancellor —No se mueva usted, señor Kazallon, porque puedo equivocarme y no quiero que nuestros compañeros sufran un nuevo desengaño.
Miro a Roberto Kurtis en silencio, y él prosigue:
—Esta vez acabo de ver realmente un buque.
El capitán ha hecho bien en prevenirme por anticipado, porque me habrÃa sido imposible dominarme.
—Mire usted —añade— allÃ, por babor, un poco hacia atrás.
Me levanto simulando una indiferencia que estoy muy lejos de sentir y recorro con la vista el arco del horizonte indicado por Roberto Kurtis.
Aunque mis ojos no son los de un marino, distingo vagamente un buque que navega a la vela.
Casi al mismo tiempo, el contramaestre, que desde hacÃa un momento miraba también hacia aquel lado, grita:
—¡Buque!

Pero este grito no produce inmediatamente el efecto que hubiera debido esperarse. No despierta ninguna emoción, ya porque no se quiera dar crédito a los oÃdos, o porque se hayan agotado las fuerzas. Asà es que nadie se mueve, y únicamente cuando el contramaestre ha repetido varias veces: «¡Buque! ¡Buque!», se fijan todas las miradas en el horizonte.