El Chancellor

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Esta vez el hecho es cierto, pues vemos perfectamente el buque inesperado. ¿Nos verá él?

Mientras tanto, los marineros tratan de reconocer la forma y dirección del buque y sobre todo esta última.

Roberto Kurtis, después de haber observado atentamente, dice:

—Es un bergantín que corre con amuras a estribor. Si se mantiene durante dos horas en la misma dirección, cortará, sin duda alguna, nuestro camino.

¡Dos horas! ¡Dos siglos! ¡La dirección del buque puede variar de un momento a otro, especialmente cuando es posible que esté dando bordadas para tomar viento, y, si así es, tomará sus amuras a babor y se alejará! ¡Ah! Si marchara viento en popa, o a lo menos, a velas desplegadas, tendríamos derecho a esperar.

Es preciso, por consiguiente, llamar su atención a toda costa y darle noticia de nuestra existencia. Roberto Kurtis manda hacer todas las señales posibles, porque el bergantín se encuentra aún a doce millas al Este y nuestros gritos no podrían ser oídos. Como carecemos de arma de fuego, cuyas detonaciones podrían atraer su atención, izamos al extremo del mástil el pañuelo de la señorita Herbey, que es rojo, y este color se destaca sobre los horizontes del mar y del cielo.


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