El Chancellor
El Chancellor Izamos el pañuelo de la señorita Herbey y una ligera brisa que a la sazón arruga la superficie de las olas desarrolla sus pliegues. Al ondear de vez en cuando, se inundan de esperanza nuestros corazones, pues sabido es que, cuando un hombre se ahoga, se agarra al menor objeto que le ofrece un punto de apoyo, y, en este caso, nosotros nos agarramos al pabellón.
Durante una hora hemos pasado por mil alternativas, porque el bergantín se acerca evidentemente a la balsa; pero a veces parece que se detiene y nos preguntamos si va a virar de bordo.
¡Con cuánta lentitud avanza, a pesar de llevar sus sobrejuanetes y sus velas de estay desplegadas! Su casco es casi visible sobre el horizonte; pero el viento es débil y si cesa por completo… ¡Daríamos unos cuantos años de vida porque hubiera pasado ya una hora!
Aproximadamente a las doce y media, calculan el contramaestre y el capitán que el bergantín está todavía a nueve millas de distancia de la balsa, lo que demuestra que sólo ha avanzado tres millas en el espacio de hora y media. Ahora parece que no se hinchan sus velas y que cuelgan a lo largo de los palos. El viento ha cesado, las olas están como adormecidas y una ráfaga de brisa que ha pasado sobre nosotros infundiéndonos esperanza, expira a poca distancia de la balsa.