El Chancellor

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Me he situado a popa, cerca de los Letourneur y de la señorita Herbey, y nuestras miradas van incesantemente del buque al capitán, quien permanece inmóvil a popa, apoyado en el mástil. A su lado se encuentra el contramaestre y los ojos de ambos no se separan un instante del bergantín. El carpintero Daoulas exclama de pronto con acento imposible de describir:

—¡Vira!

Toda nuestra existencia está reconcentrada en este momento en nuestros ojos; nos enderezamos, unos sobre las rodillas, los otros en pie, y un juramento formidable se escapa de la boca del contramaestre; el buque está todavía a nueve millas de nosotros y desde esa distancia no ha podido ver nuestra señal. La balsa no es otra cosa que un punto del espacio perdido en una intensa irradiación de los rayos solares. No puede ser vista. El capitán de ese buque, quienquiera que sea, ¿habría cometido la inhumanidad de huir sin socorrernos, si hubiera llegado a vernos? No, eso es inadmisible. No nos ha visto.

—¡Fuego! ¡Humo! —Exclama entonces Roberto Kurtis—. Quememos las tablas de la balsa, amigos míos, pues es el último recurso que nos queda para que nos vean.


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