El Chancellor
El Chancellor Al fin, se oyen algunos truenos lejanos que anuncian la tempestad. Son las once de la mañana y los vapores ocultan los rayos solares, pero ya no tienen apariencia eléctrica. Es evidente que la tempestad no estallará, porque la masa de vapores ha tomado un color uniforme, y sus contornos, tan claramente dibujados al nacer el día, se han fundido en un conjunto gris, no constituyendo más que niebla.
¿No puede la lluvia desprenderse de esa niebla, aunque sea en corta cantidad, aunque sólo sean algunas gotas?
—¡Llueve! —Grita de repente Daoulas.
Efectivamente, a media milla de la balsa el cielo está surcado por nubes paralelas; cae la lluvia y veo las gotas rebotar sobre la superficie del océano. El viento, que ha refrescado, la trae hacia nosotros.
Dios misericordioso se ha apiadado al fin y hace que caiga la lluvia copiosamente despidiendo gotas gruesas como las que suelen bajar de las nubes tempestuosas. Pero el chaparrón no durará, porque ya un vivo rastro de luz inflama la nube por su extremo inferior sobre el horizonte, y es preciso recoger la mayor cantidad posible de agua.
Roberto Kurtis manda levantar la barrica rota, de manera que recoja el agua y se despliegan las velas para recibir la lluvia en mayor superficie.