El Chancellor
El Chancellor Tendidos de espaldas y con la boca abierta, el agua riega mi rostro y mis labios, y se introduce hasta mi garganta. ¡Placer inexplicable! Es la vida que vuelve a animarnos; las mucosas de mi garganta se lubrican con este contacto y respiro al mismo tiempo que bebo, penetrando esta agua benéfica hasta lo más profundo de mi ser.
La lluvia ha durado unos veinte minutos, al cabo de los cuales, la nube, medio agotada, se ha fundido en el espacio.

Nos hemos levantado mejores, sÃ, mejores; nos estrechamos las manos y nos hablamos, considerándonos ya salvados. Dios en su misericordia nos enviará otras nubes que nos traigan más agua, ya que durante tanto tiempo hemos estado privados de ella.
Además, la que ha caÃdo en la balsa no se perderá por completo, porque la barrica y las velas la han recogido, pero será preciso conservarla como un don precioso y distribuirla gota a gota.
La barrica ha recogido cuatro o seis cuartillos; pero podremos acrecentar nuestra reserva exprimiendo las velas para aprovechar la que éstas han empapado.
Se disponen los marineros a efectuar esta operación cuando Roberto Kurtis los detiene con un ademán.
—¡Un instante! ¿Es potable esa agua?