El Chancellor

El Chancellor

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Las carcajadas redoblan, pero no levanto la cabeza. ¿Qué me importa? Sin embargo, algunas palabras incoherentes llegan hasta mí.

—¡Una pradera, una pradera! ¡Arboles verdes y una taberna debajo de los árboles! ¡Pronto, pronto! ¡Aguardiente, ginebra, agua, agua, aunque valga a doblón la gota, yo pagaré, porque tengo oro, mucho oro!

—¡Pobre alucinado! Todo el oro del Banco no podría proporcionarte ni una gota de agua en este momento.

Es el marinero Flaypol, quien, acometido por el delirio, exclama:

—¡La tierra, la tierra está allí!

Esta palabra, capaz de galvanizar a un muerto, me hace levantar la cabeza; pero no hay semejante tierra. Flaypol paséase por la plataforma, ríe, canta y hace señales, mostrando una costa imaginaria. Cierto que le faltan las percepciones directas del oído y de la vista; pero están suplidas por un fenómeno cerebral, y habla de sus amigos ausentes a quienes lleva a la taberna de Cardiff, llamada de las Armas de Jorge, donde les ofrece ginebra, whisky y agua, agua sobre todo, agua que le embriaga. Se pasea, pisa los cuerpos tendidos, tropieza a cada paso, cae, vuelve a levantarse y canta con voz avinada. Bajo el imperio de la locura no padece ya, y hasta parece que se le ha pasado la sed. ¡Ah, yo quisiera estar loco como él!


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