El Chancellor
El Chancellor Roberto Kurtis, inmóvil, observa el océano, especialmente hacia el Oeste. El señor Letourneur y yo, en pie uno junto a otro, examinamos sus menores movimientos y creemos adivinar en su rostro las ideas que pasan por su cerebro. Su sorpresa es grande porque creía estar cerca de tierra, puesto que desde que estuvimos a la vista de las Bermudas siempre había avanzado con rumbo al Sur. Sin embargo, en el horizonte no se divisa tierra alguna.
En aquel momento Roberto Kurtis sale de la toldilla, y por los parapetos llega hasta los obenques, se lanza a los flechastes, atraviesa las barras y llega rápidamente a la encapilladura del mástil de juanete, desde donde, durante algunos minutos, examina con sumo cuidado todo el espacio. Luego, tomando uno de los brandales, se descuelga hasta la vagara y vuelve a nuestro lado.
Le interrogamos con la vista y responde fríamente:
—No hay tierra.
El señor Kear se adelanta entonces, y con tono de mal humor le pregunta:
—¿Dónde estamos, caballero?
—Lo ignoro —responde Roberto Kurtis.
—Pues debía usted saberlo —replica neciamente el mercader de petróleo.
—Sin embargo, no lo sé.