El Chancellor
El Chancellor —Pues bien —agrega el señor Kear—, le advierto que no tengo intención de permanecer eternamente en su buque, y que es preciso que marchemos.
Roberto Kurtis se limita a encogerse de hombros.
Luego, dirigiéndose al señor Letourneur y a mÃ, dice:
—Tomaré la altura si sale el sol y entonces sabremos a qué punto del Atlántico hemos sido arrojados por la tempestad.
Roberto Kurtis se ocupa entonces en hacer distribuir vÃveres a los pasajeros y a la tripulación, y como todos estamos extenuados de hambre y cansancio, comemos con avidez el bizcocho y la carne en conserva que nos entregan. Luego, Roberto Kurtis, sin perder momento, adopta varias medidas para volver a poner a flote el buque.
El incendio ha disminuido mucho y ya no salen llamas al exterior. El humo es menos abundante, aunque negro todavÃa. El Chancellor tiene indudablemente una gran cantidad de agua en su bodega; pero no es posible averiguarlo porque el puente no es practicable aún.
Roberto Kurtis manda regar las tablas, y dos horas más tarde los marineros pueden ya caminar sobre el puente.
El primer cuidado es sondar la bodega, y el contramaestre procede a esta operación, comprobando que hay cinco pies de agua; pero el capitán no da orden de acotarla, porque quiere que acabe la obra emprendida.