El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Estaban todos sus huéspedes en derredor de un gran fuego que ardía en la chimenea del piso bajo de la casa; el tiempo era crudísimo; la lluvia caía a torrentes, y el viento silbaba con violencia en el exterior, estremeciendo a su impulso las puertas y las ventanas, cuyas tablas rechinaban al resistir sus embates; por el largo cañón de la chimenea penetraban torbellinos de aire que agitaban la llama del hogar y esparcían el humo por todos los ámbitos de la cocina.

Toda la familia guardaba silencio, pues cada uno de sus individuos se hallaba absorto en sus reflexiones, oyendo con cierta melancolía el rumor de la tempestad, cuando el buen Locmaillé levantó de improviso la voz, diciendo como si hablase consigo mismo:

—Buen tiempo y buena noche para el jurador, a fe que no se podrían escoger otros mejores…

—¿Acaso te refieres a ese Yvenat de la isla? —preguntó Henry.

—En efecto, a ese maldito me refiero; pero aunque sigamos oyendo hablar de él, ya no le volveremos a ver.

—¿Y cómo es eso? —pregunto Kernan.

—¡Yo me entiendo! —murmuró el pescador y volvió a guardar silencio, entregándose de nuevo a sus reflexiones; pero de vez en cuando prestaba atento oído como si esperase algún rumor que no fuese el de la tempestad.


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