El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —En efecto, asà es —dijo Henry—, de modo que en cuanto se quedó solo en el paÃs, y sin el apoyo de los que vinieron a instalarle violentamente en él, ya veis la triste situación a que ha quedado reducido; tuvo necesidad de apelar a la fuga, y entrando en la primera barca que encontró a mano, se trasladó a la cumbre de ese islote, en donde se alimenta de ostras y cangrejos.
—¿Y cómo es que no se escapa? —preguntó Kernan.
—Porque los pescadores no permiten que se aproxime chalupa alguna a la isla; de suerte que ese infortunado acabará por perecer de hambre y de miseria.
—Ya lo creo —murmuró Locmaillé—, y a fe que eso no puede tardar.
—¡Desventurado! —exclamó el conde exhalando un suspiro—; ¡he aquà lo que ha ganado con adherirse a la organización civil del clero! No ha comprendido el sublime papel que hace el sacerdote en estos tiempos de trastornos polÃticos y de terror.
—En efecto, su misión es muy noble —dijo Trégolan.