El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —Más noble —añadió el conde con entusiasmo— que la de los vendeanos y los bretones que hemos corrido a empuñar las armas en defensa de la santa causa. Yo he visto muy de cerca a esos ministros del AltÃsimo; los he visto bendiciendo y absolviendo a un ejército entero postrado de rodillas antes de dar una batalla; los he visto celebrando el santo oficio de la misa, en una colina sin más altar que una piedra con una tosca cruz de leño, sin más cáliz que un vaso de barro y sin más ornamentos que un trozo de tela grosera. Después los he visto arrojarse en medio de la pelea, con un crucifijo en la mano, socorriendo, consolando y absolviendo a los heridos y a los moribundos, hasta debajo del fuego de los cañones republicanos; y allà me han parecido más venerables que en medio de las pomposas ceremonias de una catedral.
Hablando asÃ, el conde parecÃa hallarse animado por el sagrado fuego de los mártires, su mirada brillaba con el fulgor del entusiasmo católico, y su acento revelaba tan profunda convicción, que era fácil reconocer en él uno de aquellos héroes dispuestos siempre a sacrificar su existencia en defensa de la fe.
—Al contemplar la sublime figura de aquellos sacerdotes —añadió el conde—, si no hubiese sido esposo y padre, hubiera querido ser clérigo.