El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Antes de la Revolución francesa eran mirados los clérigos en toda Bretaña con una verdadera veneración, pues aquellos sacerdotes no se habían contaminado, en tan pacíficas provincias, con el espíritu de intolerancia dominadora, que reinaba en el resto de la nación.

En aquel rincón de Francia, conservaban los sacerdotes el espíritu evangélico; eran humildes, laboriosos y benéficos, pertenecían en general a las mejores familias del país, y aunque era crecido su número, nadie pensó jamás en quejarse de su conducta.

En cada parroquia había por lo menos cinco de ellos, de suerte que sólo en el departamento de Finisterre existían mil quinientos clérigos.

Los curas, o rectores como se les llamaba en Bretaña, ejercían en sus feligresías un poder considerable; ellos nombraban sus acólitos y demás sirvientes de la iglesia; el registro del estado civil les estaba encomendado, como asimismo los contratos públicos y los testamentos; casi todos eran inmovibles y tenían bajo sus órdenes gran número de clérigos jóvenes, que vivían entre las gentes del pueblo, cuidando de instruirlas en sus deberes religiosos.


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