El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Entre tanto la situación de Kernan y sus amigos era terrible y no podÃa prolongarse un minuto más: MarÃa se habÃa desmayado; Henry empezaba a asfixiarse; él mismo se sentÃa desfallecer; pero haciendo un esfuerzo supremo, en cuanto dejó de oÃr ruido, salió de la gruta, y se apresuró a huir de aquel peligroso refugio.
En cuanto salió al aire libre, hizo volver en sà a MarÃa de su desmayo, bañándole el rostro con agua.
—¡Vive, vive!… —exclamó el caballero.
—¡Padre!… —murmuró MarÃa.
Henry no respondió, y Kernan hizo un gesto terrible de amenaza que revelaba su cólera, exclamando con acento fatÃdico:
—¡Ah, Karval, yo te mataré!…
Y dejando a MarÃa al cuidado de Henry, cuya unión aún no habÃa sido bendecida, se arrojó al mar, nadando vigorosamente, y cuando ya no vio el bergantÃn de los republicanos, saltó sobre la playa, en cuya arena halló tendidos algunos cadáveres de cuyas heridas brotaba aún la sangre; subió con pie firme a lo más elevado de las rocas, juntándose allà con algunos marineros que huÃan despavoridos.
—Decidme —les preguntó—, ¿dónde se hallan los azules?
—¡AllÃ! —le contestaron señalándole con el dedo el bergantÃn que en aquel momento doblaba el cabo de la Cabra.