El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¿Y el clérigo? —volvió a preguntar Kernan.
—A bordo —le contestaron los pescadores.
Kernan saltó desde la roca a la playa, entró de nuevo en la gruta y desde allí se arrojó otra vez al agua, y alcanzó la barca, donde se hallaba tendida María, respirando apenas.
—¿Qué es de él? —preguntó Henry con afán.
—Se lo han llevado a Brest.
—En ese caso es preciso ir a Brest a liberarle o a morir —dijo Trégolan con energía.
—Tal es mi opinión —repuso Kernan—. Por de pronto no podemos volver a Douarnenez, pues allí ya no estaríamos seguros. Locmaillé se llevará la barquilla, y nosotros nos ocultaremos en las inmediaciones de Brest y allí aguardaremos.
—¿Pero cómo hemos de ir?
—Debemos ganar por tierra la rada de Brest.
—Pero ¿y María?
—Yo andaré, amigos míos —exclamó María, poniéndose en pie con esfuerzo sobrehumano—. ¡A Brest!… corramos a Brest.
—Esperaremos a que oscurezca —contestó Kernan.
Todo aquel día se pasó entre el temor, la esperanza y la desesperación; los infelices habían sido heridos por el rayo en el momento de ir a tocar la dicha.