El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Kernan hizo salir la barca al subir la marea de la tarde; al oscurecer volvió a ganar la playa: saltó a ella con sus compañeros y apretando la mano al buen Locmaillé, se puso en camino a través de los campos sosteniendo a María.
Media hora después, los fugitivos llegaron a la aldea de Crozon, situada a media legua de las grutas de Morgat, tropezando en su camino con cadáveres aún calientes… Una hora más caminaron todavía presenciando tan triste espectáculo…
Pero ¿dónde iban aquellos desventurados? ¿Qué se proponían hacer? ¿Cómo arrancar al conde de las garras de la muerte?…
Por entonces nada sabían de todo esto; pero seguían caminando sin parar, y dejando a su espalda las aldeas de Penav-Menez, de Lescoat y de Laspilleau, llegaron al fin, después de dos horas de penosísima marcha, al pequeño pueblecillo de Fret, que se halla asentado en la misma rada de Brest.
María no podía ya más; felizmente, Kernan halló un pescador que se prestó a pasarles al otro lado de la rada.
Se embarcaron a la una de la madrugada Kernan, María y Henry, y desembarcaron, no en Brest, sino en la playa que conduce a Recouvrance, a la puerta de una pobre posada, sita en las inmediaciones de Porzik, y allí pudieron hallar una habitación.