El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Al otro día Kernan fue a la caza de noticias, y supo la vuelta del bergantín Descamisado, que había hecho una presa de gran importancia en las costas de Bretaña. Sabido esto volvió inmediatamente a la posada, y hablando con Henry le dijo:

—Ahora, señor de Trégolan, os dejo aquí con vuestra prometida, y voy a la ciudad a averiguar algunos pormenores indispensables para saber a qué debemos atenernos. Y sin aguardar respuesta partió velozmente; siguió a lo largo de la costa por la orilla del mar; pasó por dentro de Recouvrance; llegó al puerto de Brest, lo cruzó con una barquilla, y, dirigiéndose al castillo, estuvo todo el día bordeando en torno a él.

Brest era presa en aquellos momentos del más espantoso terror: la sangre corría a torrentes en la plaza pública: Jean Bon-Saint-André, que era a la sazón uno de los miembros del Comité de Salvación Pública, ejercía las más terribles represalias.

El tribunal revolucionario funcionaba sin descansar un solo instante, llevando la crueldad hasta el extremo de obligar a los niños a que guillotinasen algunas víctimas, para enseñarles, según se decía, a leer en las almas de los enemigos de la república.

La locura se unía a la embriaguez, y una sed insaciable de sangre devoraba a aquellos hombres fanáticos.


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