El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Kernan, interrogando a unos y a otros, supo que el conde había sido encerrado en un calabozo y condenado a muerte, pero que su ejecución se retardaba por un motivo espantoso. Karval había exigido que la hija de Chanteleine fuese guillotinada a la vista de su padre, y delante de éste había jurado buscarla sin descanso y apoderarse de ella a toda costa.
—Es imposible que eso pueda suceder —se dijo Kernan—, hay cosas que no puede permitirlas el cielo.
Pero sea de esto lo que fuera, Karval, después de haber recibido los plácemes y las felicitaciones de los clubs y del procónsul, volvió a marchar a Douarnenez para continuar sus pesquisas en busca de María.
Por la noche regresó Kernan a Porzik, y manifestó a los dos jóvenes que la ejecución se había aplazado, pero sin decirles la causa de aquella suspensión; y añadiendo que había resuelto ir todos los días a Brest para estar al corriente de lo que ocurría, y les recomendó que no pusiesen el pie fuera de su habitación, por ningún motivo del mundo.
Verdad es que María se hallaba postrada en el lecho y casi muerta; aquel último golpe le había destrozado el corazón.