El Rayo verde

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Entretanto, la brisa iba menguando con el día, y las últimas olas morían al pie de las rocas en el suave balanceo de la marea. Mar adentro, el agua era lisa como un espejo. Todas las circunstancias eran, pues, propicias para la aparición del fenómeno.

Pero he aquí que media hora más tarde, Partridge extendía la mano hacia el sur, exclamando:

—¡Una vela!

¡Una vela! ¿Iría a pasar precisamente ante el disco solar en el momento en que este desapareciera en el horizonte? ¡Verdaderamente hubiera sido algo más que mala suerte!

La embarcación salía del estrecho que separa la isla de Iona de la punta de Mull. Navegaba despacio, empujada más por la marea que por la ligera brisa que apenas hinchaba su vela.

—Es el Clorinda —dijo Olivier Sinclair—; pero como hace la ruta para fondear en la isla de Staffa, pasará más cerca y no estorbará nuestra observación.

Efectivamente, era el Clorinda, que después de contornear la isla de Mull por el sur, se dirigía a la bahía de Clam-Shell para anclar allí.

Todas las miradas de nuestros amigos estaban fijas en el horizonte oeste.


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