El tio Robinson
El tio Robinson —¡Conejeras! —decÃa Robert.
—¡SÃ! —confirmó Flip.
—¿Están habitadas?
—Ése es el punto —respondió el marino.
La cuestión no tardó en resolverse. Casi de inmediato unas bandas de animales pequeños, semejantes a conejos, huyeron en todas direcciones, con una rapidez tal que no se podÃa pretender seguirlos. Marc y Robert hubieran podido correr, saltar, que esos roedores se les habrÃan escapado fácilmente. Pero Flip estaba muy decidido a no abandonar el sitio hasta no haberse apoderado al menos de una media docena de esos animales. QuerÃa en primer lugar abastecer con ellos su fiambrera, para domesticar a los que agarrarÃa más tarde. Pero cuando vio que Marc y Robert regresaban extenuados y con las manos vacÃas, los convenció de que como era imposible agarrarlos corriendo, habÃa que tratar de hacerlo en la madriguera. Con unos lazos tendidos en el orificio de las conejeras, la operación habrÃa tenido seguramente éxito, pero no tenÃan lazos ni con qué fabricarlos y eso complicaba el problema. Hubo que resignarse entonces a visitar cada madriguera, hurgarla con el bastón, y hacer, en fin, con paciencia, lo que no se podÃa hacer de otro modo.