El tio Robinson
El tio Robinson En cuanto a Flip, estaba encantado de su éxito. No había que ser tan exigente. Cuatro conejos era un buen resultado en las condiciones en que los había obtenido. Por otro lado, el sol indicaba el mediodía y el estómago de los cazadores hablaba imperioso. Flip decidió regresar a la gruta. Suspendió sus dos conejos en la punta de su bastón; Marc lo imitó y los dos, bajando las colinas, tomaron el camino del lago. Roben los precedía, silbando, pero muy ofuscado.
—Lamento que Robert no haya capturado nada —le dijo Marc a su amigo Flip.
—Es un poco exaltado —comentó el marino—, pero poco a poco aprenderá.
A las doce y media Flip y sus compañeros habían llegado a la punta sur del lago. Tomaron por lo tanto hacia la izquierda y se dirigieron hacia la plantación de bambúes. Al huronear por aquí y por allá, Robert espantó un pájaro que levantó vuelo del matorral pantanoso y huyó rápidamente. El muchacho, cuyo amor propio estaba muy estimulado, resolvió apoderarse de ese volátil a cualquier precio y se lanzó a perseguirlo. Flip no había tenido tiempo de detenerlo que ya el aturdido chapoteaba en el limo; pero, con una piedra arrojada muy hábilmente, había herido al pájaro que, con el ala rota, se debatía entre las hierbas a pocos metros de él.