El tio Robinson

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A pocos pasos Flip vio un arroyito que corría sobre un lecho de arena desde la marisma hacia el mar. Corrió, empapó su pañuelo en esa agua fresca y volvió hacia el herido. Comenzó primero por bañar su cabeza y desprendió delicadamente los cabellos pegados por la sangre. Luego le mojó los ojos, la frente, los labios.

Harry Clifton hizo un ligero movimiento. Su lengua se movió levemente entre sus labios tumefactos, y Flip creyó oírlo pronunciar esta palabra:

—¡Hambre! ¡Hambre!

—¡Ah! —gritó Flip— ¡pobrecito! ¡Se está muriendo de hambre! ¡Quién sabe cuánto hace que no come!

¿Pero cómo reanimar al infortunado? ¿Cómo retener la vida que se le escapa?

—¡Ah! —exclamó Flip—. La galleta, la carne que la señora Clifton… ¡Fue una inspiración del cielo la que guió a esa noble mujer!

Flip corrió hacia el arroyo y trajo un poco de agua en una concha. Luego, disolvió un poco de galleta en esa agua fresca, hizo una especie de sopa de pan, y la acercó a la boca del herido.

Harry Clifton apenas pudo tragar con esfuerzo uno o dos sorbos. Su garganta se había estrechado y casi no dejaba pasar los alimentos. Sin embargo, alcanzó a absorber un poco de ese pan remojado y pareció que la vida volvía a él.


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