El tio Robinson

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Flip le hablaba, mientras tanto, como una madre le habla a su hijo enfermo. Le prodigaba las mejores palabras de estímulo. Pasó una media hora y Harry Clifton entreabrió los ojos. Dirigió hacia Flip su mirada casi sin vida y fue evidente que reconocía al honesto marino porque sus labios esbozaron una sonrisa.

—Sí, señor Clifton —le dijo Flip—, soy yo, el marinero del Vankouver.

—¡Usted me ha reconocido perfectamente!… ¡Sí! ¡Sí! ¡Yo sé lo que quiere preguntarme! ¡Pero no hable! No es necesario. Sólo escúcheme. Su mujer, sus hijos… todos están bien. ¡Están muy felices! ¡Muy felices! Y cuando lo vean ¡qué alegría tendrán! ¡Qué maravilla!

Un movimiento de dedos del herido fue inmediatamente interpretado por Flip. Puso su mano en la del ingeniero y éste la apretó suavemente.

—Comprendido, señor, comprendido —repitió el marino—, ¡pero no es necesario! ¡No tiene nada que agradecer! Soy yo, por el contrario, el que le agradece a usted por haber venido a encontrarnos. ¡Qué amable de su parte!

¡Y el buen Flip se reía, y le daba palmaditas suaves en la mano, y Fido, sumando sus caricias a las suyas, lamía las mejillas de su amo!

Pero súbitamente, Flip prorrumpió:


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