El tio Robinson

El tio Robinson

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—¡No me olvido! ¡Usted debe estar muerto de hambre, Fido! ¡Coma, señor! ¡Coma usted! ¡Su vida es aún más valiosa que la mía!

Y diciendo esto Flip le dio unos pedacitos de carne y de galleta al fiel perro. Fido se abalanzó y devoró con avidez. Flip le dio otra ración más de su preciosa reserva. Ese día estaba pródigo; por otro lado, creía muy seriamente que habiendo encontrado al padre no había que preocuparse más por la salvación de la pequeña colonia.

Harry Clifton recuperaba un poco de fuerzas comiendo una galleta mojada mientras Flip le examinaba la herida: sólo había sufrido una contusión en la cabeza. Flip, que sabía también de eso —veinte veces había tenido la ocasión de tratarse a sí mismo— no encontró que el estado del herido fuera demasiado grave. El agua fresca daría cuenta de esa lesión. Flip hizo una compresa con su pañuelo y se la aplicó sobre la cabeza; luego armó una cama bien mullida de hierbas y de plantas marinas para su enfermo sobre una rampa de arena. El herido fue transportado hasta esa cama rápidamente improvisada, y Flip lo cubrió con su marinera y su camisa de lana, para preservarlo del frío de la noche.

Clifton se dejaba hacer y sólo podía agradecer a su salvador con una mirada de reconocimiento.


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