El tio Robinson
El tio Robinson La señora Clifton sacudÃa la cabeza, con aire dubitativo que el tÃo trataba de disipar en vano. Al dÃa siguiente, 2 de mayo, Harry Clifton se sintió mucho mejor al despertarse. Sus fuerzas pronto habrÃan de bastarle para salir de la gruta. Después de haber abrazado a su mujer y a sus hijos, después de haber estrechado la mano del tÃo Robinson, declaró que tenÃa hambre.
—¡Bien, señor! —se apresuró en contestarle el tÃo con un tono jovial—. ¿Qué quiere servirse? ¡Ordene, usted lo que quiera! TodavÃa tenemos ostras muy frescas.
—Y agregue usted, TÃo, que son excelentes —dijo Harry Clifton.
—Después, tenemos almendra de coco, leche de coco, y serÃa difÃcil encontrar un alimento más conveniente para un estómago debilitado.
—Ya lo creo, TÃo, ya lo creo. No obstante, sin ser médico, me imagino que un trozo de carne de caza mayor, bien asado, no me harÃa mal…
—¿Está usted seguro, señor? —respondió el tÃo—. No tiene que apresurarse en volver a un tipo de alimentación demasiado sustanciosa. Su situación es la misma que de la de esos infortunados náufragos que uno encuentra en los despojos de barco, muriéndose de sed y de hambre. ¿Cree que se les permite satisfacer inmediatamente su apetito?