El tio Robinson

El tio Robinson

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—Inmediatamente no —respondió Clifton—, pero al día siguiente supongo que podrían…

—Algunas veces, señor, algunas veces —dijo Flip con aplomo—. Eso puede durar ocho días ¡Sí, señor Clifton, ocho largos días! Yo, quien le dice esto, en 1855 naufragué. Me recogieron, tuvieron la bondad de recogerme sobre una balsa. Y bien, quise comer demasiado rápido y casi me muero. Desde esa vez tengo un estómago…

—¿Excelente? —completó Clifton.

—Excelente, estoy de acuerdo —respondió Flip— ¡pero pudo haber terminado mal!

Verdaderamente, no pudieron evitar reírse ante los razonamientos del tío Robinson.

—Y bien, Tío, todavía hoy me someteré a la dieta que usted me prescribe. Pero pienso que no tendrá ningún inconveniente en que tome algo caliente.

—¡Algo caliente! —exclamó el tío Robinson, parado al pie del muro.

—¡Algo caliente! ¡Perfecto, señor! ¡Como usted quiera! ¡Un caldo, por ejemplo!

—Sí.

—¡Pues bien!, señor, Robert y yo vamos a batir el bosque para cazarle un caldo, le voy a decir con qué se puede hacer un caldo de primera calidad, con ojos grandes como los ojos de la señorita Belle. ¡Convenido!


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