El tio Robinson

El tio Robinson

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Esa mañana Harry Clifton se conformó con médula de sargazos, ostra y almendra de coco. Después, Robert y el tío Robinson fueron al conejar y trajeron dos conejos que habían agarrado del cuello. El tío mostró al ingeniero el producto de su cacería: se pusieron de acuerdo sobre un punto, un caldo de conejo, bien caliente, lo ayudaría a recuperar sus fuerzas.

Luego los chicos se ocuparon de recoger los frutos que eran el alimento principal. La señora Clifton y Belle lavaron un poco de ropa, algunas pocas prendas de que disponía la pequeña colonia. Entretanto, el tío Robinson, sentado junto al lecho de musgo del ingeniero, conversaba con él.

Harry Clifton preguntó al tío Robinson si había algún indicio para pensar que esta parte de la costa era visitada por animales salvajes, lo cual significaría un grave peligro para ellos, sin armas defensivas. El tío no se atrevió a pronunciarse sobre esta cuestión, pero contó el incidente que marcó su primera visita a la gruta, y luego trazó sobre la arena la huella que esa misma arena tenía tres semanas antes.




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