El tio Robinson

El tio Robinson

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El ingeniero lo escuchaba atentamente. Su opinión era que había que emprender lo más pronto posible los trabajos de cercado para defender la entrada de la gruta. Recomendó al tío mantener grandes fogatas encendidas durante la noche, pues las fieras no se arriesgarían a atravesar una barrera de llamas. El tío Robinson prometió no dejar de hacerlo, agregando, además, que la madera nunca faltaría porque los bosques de la región eran inagotables. El ingeniero trató de seguir con el tema de los alimentos y preguntó si podía llegar a temerse en algún momento una hambruna.

El tío no lo pensaba. Las frutas, los huevos, los pescados, los moluscos abundaban y los víveres se renovarían con holgura cuando los implementos de pesca o de caza se hubieran perfeccionado.

Clifton se ocupó entonces de la cuestión de la ropa. La de los niños pronto estaría muy gastada, ¿cómo podrían reemplazarla?

El tío Robinson sostuvo que había que dividir el tema. Habría que prescindir, necesariamente, y muy pronto, de la ropa interior. En cuanto a la ropa propiamente dicha, era otra cosa, y los animales se encargarían de proveerla.

—Usted comprenderá, señor Clifton, que si no podemos evitar la visita de bestias feroces, las aprovecharemos para sacarles la piel.

—¡Pero ellas no la dan sin hacerse rogar, Tío!


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