El tio Robinson

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El 25 de marzo hacia mediodía el cielo cambió ligeramente. El viento giró un cuarto hacia el oeste y favoreció la ruta del barco. El capitán quiso aprovechar la aparición del sol para establecer su punto de observación, tanto más necesario ahora que una tierra había sido avistada a unas treinta millas al este.

Tierra a la vista sobre esta parte del Pacífico, donde los mapas más recientes no señalaban ninguna, no dejaba de causarle cierto asombro. ¿Su barco había sido arrastrado por lo tanto hacia el Norte, hasta la latitud de las Aleutianas? Es lo que le importaba verificar y decidió comunicarle esta eventualidad al ingeniero, quien se sorprendió tanto como él. El capitán Harrisson fue a buscar su sextante y, subiendo a la toldilla, esperó a que el sol estuviera en el punto más alto de su curso para hacer su observación y determinar exactamente el mediodía en el lugar.

Eran las once horas cincuenta minutos y el capitán acercaba su ojo al lente del sextante cuando resonaron gritos en la entrecubierta. El capitán Harrisson se adelantó presurosamente hacia la parte delantera de la toldilla. En ese momento unos treinta canacos, atropellando a los marineros ingleses y americanos, se precipitaron fuera de la carroza profiriendo terribles vociferaciones. El maltés, liberado, estaba entre ellos.


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