El tio Robinson

El tio Robinson

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El tío, con una tozudez un poco inexplicable, se ingenió todavía en esquivar la cuestión del fuego. ¿Por qué? ¿No había que confesar de una vez por todas la situación? ¿No terminaría Harry Clifton por enterarse? ¿No era mejor que se lo informara? Ese golpe, que tanto su mujer como sus hijos habían soportado ¿no podía soportarlo él mismo? ¿O, acaso, el tío Robinson contaba con que un azar le devolvería lo que había perdido? No, sin duda, pero no podía decidirse a hablar y, hay que decirlo, ¡la señora Clifton lo incitaba a callarse! La amante esposa, viendo que su marido todavía estaba débil, vacilaba en crearle un nuevo dolor.

Sea como fuere, el tío Robinson ya no sabía cómo escapar a las demandas de Harry Clifton. Era evidente que cuando le llevara sus ostras y su coco de costumbre, Clifton no dejaría de reclamarle el caldo tan formalmente prometido: el tío no sabía ya qué responderle.

Pero, afortunadamente, un cambio de tiempo vino a sacarlo del aprieto. El cielo se cargó de nubes durante la noche y a la mañana se desencadenó una violenta borrasca acompañada de lluvia. Los árboles se doblaban bajo el viento y la arena de la playa azotaba como granizo.

—¡Ah! ¡Buena lluvia, buena lluvia! —exclamaba el tío.

—¡Mala lluvia! —le replicaba Marc, que contaba con regresar a la costa hasta al banco de ostras.


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