El tio Robinson
El tio Robinson —¡Muy buena, se lo digo yo, señor Marc! ¡Nos salvó!
Marc no entendÃa la satisfacción del tÃo, pero se explicó el contento cuando, al entrar en la gruta, escuchó que Flip le decÃa a su padre con un tono de decepción:
—¡Ah!, señor ingeniero, ¡qué tiempo! ¡Qué viento! ¡Qué lluvia! ¡No es posible mantener el fuego! ¡Otra vez se apagó!
—¡Y bien, mi amigo! —respondió Clifton—, no es tan grande el desastre. ¡Volveremos a encenderlo cuando acabe la tormenta!
—Sin duda, señor, sin duda, lo volveremos a encender, ¡no es eso lo que me preocupa! ¡Es por usted, señor Clifton, que me aflige este contratiempo!
—¿Por m� —preguntó el ingeniero.
—¡SÃ! Iba a prepararle un excelente caldo de ranas cuando todas mis brasas desaparecieron.
—¿Qué podemos hacer, TÃo? Me conformaré.
—¡Es también culpa mÃa! —repetÃa el tÃo, que exageraba tal vez demasiado su honesta mentira—. ¡Es culpa mÃa! ¿Por qué no hice ayer ese maldito caldo, cuando mi fuego chisporroteaba? ¡Qué hermoso fuego, con tanta llama! ¡Y usted tendrÃa ahora ese excelente brebaje, que le harÃa tanto bien!
—No se aflija, TÃo. Esperaré otro dÃa. Pero mi mujer, mis hijos ¿cómo van a preparar su comida?