El tio Robinson

El tio Robinson

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Capítulo 17

Cuando el entusiasmo del digno marino hubo pasado, se lo vio golpearse la cabeza y atribuirse las calificaciones menos halagüeñas. Y, en efecto ¡cuánta inútil palabrería durante tres días, cuando el enfermo tenía en su propio bolsillo…! Quizás Harry Clifton había prolongado un poco la situación al no darle a la señora Clifton su yesca en el momento en que pronunció sus primeras palabras. Pero ¿qué podía reprochársele?

La calma se restableció en la pequeña colonia. El tío se ocupó de encender el fuego. Nada más fácil; la hoja quebrada del cuchillo servía de encendedor, un pedernal y un poco de yesca, no hacía falta más nada.

El pedazo de yesca traído por el ingeniero tenía el tamaño de un naipe; estaba muy seco. El tío desgarró un pedacito y guardó con extremo cuidado el resto. Luego preparó el fogón con madera liviana, hojas y musgos secos, que pudieran prender fácilmente. Una vez hecho esto, se disponía a dejar brotar las chispas, cuando Robert le dijo:

—¡Tío Robinson!

—¿Señor Robert?

—¿No podría servirle mi pistola?

—¿De qué manera?

—Ponga en el lugar de la pólvora un pedacito de yesca en la cazoleta y dispare; el fuego se prenderá.


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