El tio Robinson
El tio Robinson —Es una idea, mi joven señor y, a fe mía, la pondremos en práctica.
El tío tomó la pistola, colocó la yesca en la cazoleta y amartilló.
—Déjeme tirar a mí —dijo Robert.
El marino le pasó el arma y el joven disparó. Las chispas del pedernal encendieron la yesca. El tío se agachó entonces, introdujo en el fogón la sustancia en ignición sobre las hojas secas; un tenue humo se produjo. El tío sopló, primero como un fuelle de salón, luego como un fuelle de fragua. La leña seca chisporroteó y una hermosa llama se elevó en el aire. Gritos de alegría saludaron su aparición.
El hervidor, lleno de agua dulce, fue suspendido de inmediato encima del fuego, y la señora Clifton colocó las ancas de rana que el marino había desollado con una notable destreza.