El tio Robinson
El tio Robinson —Hijo mÃo —le dijo su padre acercándolo y poniéndolo entre sus rodillas—, no hay que tener miedo. Pronto tendrás ocho años; ya eres un hombrecito. Piensa que te ha tocado ayudarnos aun hasta el lÃmite de tus fuerzas. No tienes que tener miedo.
—Iré, padre —dijo el niño, ahogando un suspiro. Y partió con decisión, llevándose sus ranas.
—No tienes que burlarte de Jack —le reconvino el señor Clifton a Robert—. Por el contrario, tienes que alentarlo. Acaba de ganar una batalla consigo mismo. Eso está bien.
Harry Clifton y su hijo se dirigieron entonces hacia el punto de la orilla donde la armadÃa iba a atracar. El tÃo y Marc la guiaban hábilmente con unas largas pértigas y pronto alcanzaron la orilla.
—¡Va bien! ¡Va bien! —gritaba el tÃo.
—Buena idea la de construir esa balsa —dijo el ingeniero.
—Fue idea del señor Marc —respondió el tÃo—. ¡Su hijo mayor, señor Clifton, pronto será un leñador emérito! Él imaginó este medio de transporte que carga nuestros materiales y nos carga a nosotros.