El tio Robinson

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La armadía estaba compuesta de unos treinta troncos de pino, que medían entre veinte y treinta pulgadas y cuatro de diámetro en su base. Los habían amarrado fuertemente con lianas. El tío y los dos muchachos pusieron manos a la obra y antes de la noche todos los troncos habían sido amontonados en tierra.

—Basta por hoy —dijo el tío.

—Sí —dijo Clifton—, mañana transportaremos esa leña a la gruta.

—Con su permiso, señor ingeniero —dijo el marino—, la cortaremos aquí mismo; así será menos pesado transportarla.

—Correcto, tío Robinson. Ahora entremos a la gruta. La cena nos espera. ¿Qué opina de nuestras truchas?

—Y a usted, señor, ¿qué le parece nuestra caza? Un golpe maestro del señor Marc.

El tío mostró a Clifton un animal un poco más grande que una liebre, perteneciente al orden de los roedores. Su pelaje amarillo tenía entremezcladas unas manchas verdosas, y su cola presentaba un estado rudimentario.


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