El tio Robinson
El tio Robinson En verdad, el experto marino no engañaba cuando hablaba de su destreza en manejar el hacha. Había que verlo, el pie hacia fuera, como un genuino carpintero, sacar gruesas virutas y trocear sus leños a ojo. Lo que quedaba de ese día y todo el siguiente fueron empleados en ese trabajo. El martes por la mañana comenzó la colocación de las estacas. Fueron sólidamente hundidas en el suelo y unidas entre sí por travesaños de madera amarrados muy fuerte. Al pie del cerco Clifton hizo plantar una especie de agave cuyas plantas se habían multiplicado en la base del acantilado. Este agave, una especie de áloe de América, pronto debía formar con sus hojas duras y espinosas una valla impenetrable.
Estos trabajos de la empalizada se terminaron el 6 de mayo; el acceso a la gruta estaba bien defendido. Harry Clifton se felicitó por la idea que había tenido pues, precisamente la noche siguiente, una tropa de chacales vino a merodear alrededor del campamento. Produjeron un estrépito ensordecedor. El fuego, con sus llamas en la sombra, los mantuvo a distancia. Algunos de esos animales avanzaron, no obstante, hasta la empalizada. Pero el tío les arrojó unas brasas y ellos huyeron aullando.