El tio Robinson

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Antes de aparejar, el tío recordó la historia de la tortuga y no teniendo razones para tener miramientos con estos encantadores batracios, propuso a Clifton ir a curiosear entre las rocas. Desembarcaron pues sobre la playa y emprendieron la cacería. La arena presentaba aquí y allá pequeños montículos que atrajeron la atención de Clifton. Al hurgar en ellos, encontró cierta cantidad de huevos, perfectamente esféricos, con la cáscara blanca y dura. Eran huevos de tortuga, cuya albúmina tiene la propiedad de no coagularse con el calor, como la clara de los huevos de pájaro. Las tortugas marinas evidentemente se habían aficionado a esta playa, y venían de alta mar a depositar allí sus huevos, dejando que el sol los incubara. Había muchos huevos, lo cual no debe sorprender, ya que estos animales pueden poner anualmente hasta doscientos cincuenta cada uno.

—¡Es un verdadero campo de huevos! —ponderó el tío—. Están maduros y no tenemos más que recogerlos.

—Tomemos sólo los necesarios, mi buen amigo —respondió Clifton—. Estos huevos, una vez desenterrados, no tardarían en echarse a perder. Es mejor dejar que se rompan y nazcan nuevas tortugas que a su vez pondrán otros huevos.


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