El tio Robinson

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Ese día, durante la cena, apareció un platillo nuevo sobre la mesa. Eran esos excelentes cangrejos que proliferaban río arriba. El tío se había limitado a arrojar a la corriente, como único anzuelo, un haz de leña, en el medio del cual había puesto un pedazo de carne. Cuando fue a retirarlo, unas horas después, todas las ramas estaban cubiertas de crustáceos. Cocinaron los cangrejos, cuyo caparazón se puso de un bello color azul cobalto, y los celebraron. Estaban deliciosos.

Para ocupar el final del día, el tío Robinson fabricó nuevos recipientes de bambú de diferentes capacidades. ¡Ah! ¡Si fuera posible ponerlos sobre el fuego! Pero el único utensilio para hacer la comida seguía siendo el hervidor. ¡Qué no daría la señora Clifton por tener una olla! A lo que el tío respondió que una olla de barro serviría y prometió encargarse de fabricarla cuando encontrara la tierra adecuada.

A continuación establecieron el orden de tareas para el día siguiente. En espera de la gran excursión que Clifton quería hacer en el interior de esas tierras, se decidió visitar el islote y, ya fuera como pescadores o como cazadores, los hermanos apostaron a no regresar con las manos vacías.


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