El tio Robinson
El tio Robinson Esa noche la familia tuvo un pequeño susto. Cuando llegó el momento de entrar en la gruta, la señora Clifton advirtió que el pequeño Jack no respondÃa a su llamado. Lo buscaron. En vano. Lo llamaron. Ninguna respuesta.
Es de imaginar la inquietud de todos al no ver al niño. Nadie podÃa decir en qué momento habÃa desaparecido. Una noche muy negra cubrÃa la costa. Era luna nueva. De inmediato, el padre, los hermanos, el tÃo, se dispersaron cada uno por un lado, uno a la playa, otro al lago, todos llamándolo a gritos.
El tÃo Robinson fue el primero en tranquilizarse sobre la suerte de Jack. Bajo el bosquecillo de almeces, en el lugar más oscuro de la cortina de árboles, descubrió al buen hombrecito, inmóvil, con los brazos cruzados.
—¡Eh!, señor Jack, ¿es usted? —le gritó.
—SÃ, TÃo —respondió Jack con la voz alterada—, y tengo mucho miedo.
—¿Qué hace usted ah� —¡Me hago el valiente!