El tio Robinson
El tio Robinson Con estas palabras del tío, todos se precipitaron bastón en ristre. No fue una cacería sino una matanza. Una veintena de esos pingüinos se dejó matar estúpidamente sin intentar huir. Fueron transportados en el bote.
Un centenar de pasos más lejos, los cazadores encontraron una nueva banda de buceadores no menos tontos que los otros, pero que al menos se podían comer. Eran pájaros niño cuyas alas se han reducido al estado de muñones chatos en forma de aletas, cubiertas de algunas plumas cubiertas de escamas. De esos animales tan fáciles de matar, sólo mataron los que necesitaban. Esos pájaros niño emitían gritos ensordecedores como si fueran rebuznos de asno. Pero esta cacería, o mejor dicho esta matanza que no exigía ni habilidad ni coraje, disgustó a los hermanos Clifton. Continuaron la exploración del islote.
La pequeña tropa siguió avanzando hacia la punta norte por un suelo arenoso en el que los nidos de pájaros niño formaban innumerables ciénagas. Súbitamente, el tío Robinson se detuvo y les hizo señas a sus compañeros de quedarse inmóviles. Luego, hacia el extremo del islote, les mostró gruesos puntos negros que nadaban a flor de agua. Se habría dicho cabezas de escollos en movimiento.
—¿Qué son? —preguntó Marc.