El tio Robinson
El tio Robinson En las dos semanas que siguieron Clifton no pudo emprender su gran exploración; las diversas ocupaciones domésticas reclamaban el concurso de todos en la gruta. La cuestión de la ropa primaba por sobre las demás; la piel de los animales forzosamente tenÃa que estar lista para reemplazar los tejidos que faltaban. Se organizaron nuevas cacerÃas de focas y el tÃo llegó a matar media docena más. Pero pronto esos anfibios se volvieron muy desconfiados, abandonaron el islote y hubo que renunciar a encontrarlos.
Por suerte, las focas fueron sustituidas por un grupo de animales, de los que por lo menos una decena cayó bajo las flechas de los jóvenes durante la jornada del 18 al 19 de mayo. Eran zorros de la especie llamada megalotes, una suerte de perro con orejas grandes, el pelo gris amarillento, un poco más grande que el zorro común. Este hallazgo fue muy provechoso e incrementó la reserva de peleterÃa. La señora Clifton estaba satisfecha; el tÃo Robinson, encantado. ParecÃa no desear otra cosa en este mundo. Sin embargo, cuando Clifton le preguntó si le faltaba algo:
—Sà —le contestó. Pero lo que le faltaba, no querÃa decÃrselo.