El tio Robinson

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Clifton y el tío se dirigieron al claro, conducidos por Jack. El ingeniero reconoció que el suelo estaba formado de esa greda más específicamente llamada arcilla figulina que se emplea principalmente en la fabricación de la loza común. No podía estar equivocado pero, además, al ponerse en la boca un poco de esa sustancia, sintió que le ataba la lengua, ese efecto particular de la arcilla que proviene de su extrema avidez por los líquidos. De esta manera, la naturaleza prodigaba generosamente a la pequeña colonia, una materia preciosa tan ampliamente difundida en la superficie del globo. En ese lugar, esta arcilla se hallaba en el medio de productos arenáceos silíceos que formaban parte de su composición.

—¡Excelente descubrimiento! —exclamó el señor Clifton—. Al principio creí que se trataba de caolín, lo cual nos habría permitido fabricar porcelana. De todos modos, triturando esta greda y expurgándola mediante el lavado de sus partes más gruesas, obtendríamos loza.

—Conformémonos con una simple loza de barro —respondió el tío Robinson—. Estoy seguro de que la señora Clifton pagaría un alto precio por una escudilla de barro.



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