El tio Robinson

El tio Robinson

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—Tenemos que actuar con prudencia —dijo por fin el tío Robinson—. Es evidente que hay criaturas humanas cerca de nosotros. No sabemos con qué podemos encontrarnos y, a decir verdad, tengo más temor que aprecio por esos desconocidos. Quédese, por favor, cerca de la señora Clifton, señor ingeniero. El señor Marc, Fido y yo iremos a hacer un reconocimiento.

El tío, el joven y el fiel perro partieron sin demora. El corazón de Marc latía con fuerza. El tío, con los labios apretados, los ojos muy abiertos, avanzaba con una circunspección extrema. Después de unos minutos de marcha en dirección noreste, Marc se detuvo súbitamente y mostró a su compañero una humareda que se elevaba por el aire sobre el limite de los grandes árboles. Esa humareda tenía un color amarillento muy característico. Ni un soplo de aire la agitaba y se perdía a una altura bastante grande.

El tío se había detenido. Marc contenía con la mano a Fido, que ya quería lanzarse. El marino hizo señas al joven de esperarlo y, deslizándose como una serpiente entre las rocas, desapareció.

Marc, inmóvil, muy conmovido, esperó su regreso. De pronto un grito resonó del lado de las rocas. Marc iba a lanzarse, listo para socorrer a su compañero, pero ese grito fue seguido de una carcajada y el tío reapareció casi de inmediato.


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