El tio Robinson

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—¡Ese fuego —gritó, agitando sus largos brazos— o, mejor dicho, esa humareda!…

—¿Qué es?… —preguntó Marc.

—¿Qué es? ¡Es la naturaleza que nos gasta una broma! ¡No es más que un manantial sulfuroso que servirá para tratar con éxito nuestras laringitis!

El tío y Marc volvieron al lugar donde los esperaba Clifton y el tío, riéndose, los puso al corriente de la situación.

Padre, madre, hijos quisieron ir inmediatamente al lugar donde brotaba el manantial, un poco fuera de la zona de los árboles. El suelo era esencialmente volcánico. Clifton identificó de lejos la índole de ese manantial por el olor a ácido sulfúrico que desprendían sus aguas después de absorber el oxígeno del aire. Esa aguas sulfurosas, sódicas, fluían abundantemente por entre las rocas. El ingeniero mojó su mano y observó que eran untuosas al tacto y que su temperatura alcanzaba los treinta y cinco grados. Su gusto era un poco dulzón. Este manantial, como los de Luchon o de Cauterets, podría haber sido utilizado eficazmente para el tratamiento de los catarros del aparato respiratorio y, además, por la influencia de la temperatura, debía convenir a los temperamentos linfáticos.


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