El tio Robinson

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Marc preguntó entonces cómo había podido estimar en treinta y cinco grados la temperatura del manantial, sin disponer de un termómetro. El señor Clifton le respondió que al hundir la mano en esas aguas él no había sentido ni frío ni calor, en consecuencia, había llegado a la conclusión de que poseían la misma temperatura que el cuerpo humano, es decir, treinta y cinco grados aproximadamente.

Una vez hechas estas observaciones, decidieron acampar en ese lugar, entre dos grandes rocas basálticas y bajo los últimos árboles. Los niños juntaron una cantidad suficiente de leña seca para mantener el fuego durante toda la noche. Unos aullidos lejanos, vagamente escuchados en la oscuridad naciente, justificaban estas precauciones. No hay animales, por más feroces que sean, que no se detengan ante una barrera de llamas.

Los preparativos terminaron pronto. La madre, ayudada por Jack y Belle, se ocupó de la cena. Los dos faisanes, asados a punto, hicieron el gasto. Terminada la comida, los niños se acostaron en sus lechos de hojas secas. Estaban fatigados y no tardaron en dormirse. Durante ese tiempo, Clifton y el tío Robinson hicieron un reconocimiento en los alrededores del campamento. Llegaron incluso hasta un pequeño bosque de bambúes que cortaba una de las primeras pendientes de la montaña. Al llegar a ese punto escucharon de manera más clara los aullidos de las fieras.


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