El tio Robinson
El tio Robinson Al dÃa siguiente, 1.º de junio, todos se levantaron temprano y se dispusieron a iniciar la ascensión a la montaña. Salieron a las seis de la mañana, después de un desayuno sumario. Dejaron atrás la zona de árboles y la pequeña tropa se aventuró sobre las primeras rampas del pico. Que ese pico era un volcán, nadie podÃa dudarlo. En efecto, las laderas estaban cubiertas de cenizas y de escorias entre las que aparecÃan largos regueros de lava. Clifton observó también la presencia de esas materias que suelen preceder a la erupción de lava. Eran puzolanas de granos pequeños irregulares y fuertemente torrefactos, asà como también cenizas blanquecinas constituidas por una infinidad de cristalitos feldespáticos.
La sustancia mineral de las lavas, caprichosamente estriadas, hacÃa más fácil y rápidos la marcha y el ascenso por esas laderas abruptas. Pequeñas solfataras[48] cortaban cada tanto el camino y habÃa que esquivarlas; pero lo que pareció satisfacer a Clifton fue encontrar abundante azufre depositado en toda la materia que habÃa alrededor y comprobar que formaba costras y sedimentos cristalinos.
—¡Bravo! —gritó Clifton—. Hijos mÃos, he aquà una sustancia que nos viene de perillas.
—¿Para hacer fósforos? —preguntó Robert.