El tio Robinson

El tio Robinson

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Recogieron cierta cantidad de artemisa y se encaminaron hacia el sudoeste. Dos horas después llegaron a la margen derecha del río y a las seis de la tarde estaba toda la familia reunida en el campamento. En la cena hubo una deliciosa langosta capturada por Marc en las rocas de la punta. Clifton contó todos los detalles de su excursión. El gallo Bantam fue llevado al gallinero, donde se convirtió en un hermoso ornamento.

Pero, terminada la comida, ¿quién fue el sorprendido, el emocionado propiamente? De verdad, el tío Robinson, cuando Belle se le acercó y le entregó una pata soberbia de crustáceo, bien roja, muy reluciente y completamente llena de tabaco. Al mismo tiempo, Jack le ofreció una brasa.

—¡Tabaco! —gritó el tío—. ¡Y no me habían dicho nada!

El noble marino parpadeaba y, a pesar suyo, sus ojos se le humedecieron. Encendió de inmediato la pipa y un olor exquisito a scaferlati perfumó la atmósfera.

—Ya ve usted, mi noble amigo —dijo entonces Clifton—, la Providencia, aunque ya hubiera hecho mucho por nosotros, todavía le reservaba una agradable sorpresa.


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