El tio Robinson

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Fascinado con su idea, cargó sobre sus espaldas la provisión de leña y se dirigió hacia el ángulo que formaba el linde del bosque con el río. La distancia a recorrer no sobrepasaba los cien metros. Al llegar a la orilla el marino todavía encontró una gran cantidad de leña seca; la juntó y comenzó a fabricar una armadía.

En una especie de embudo provocado por una punta de la ribera que avanzaba sobre el río y rompía la corriente, Flip colocó los pedazos más gruesos de leña y, habiéndolas atado juntas con unas largas lianas secas, formó una balsa sobre la que apiló toda su cosecha, es decir una carga de alrededor de diez hombres. Si el cargamento llegaba a buen puerto, el combustible no iba a faltarles.

En media hora Flip había concluido su trabajo. El marino no tenía la intención de dejar que su armadía avanzara sola con la corriente, pero tampoco quería embarcarse en ella para dirigirla. Había que mantenerla como a esos barquitos que los niños remolcan a las orillas de los ríos. Pero ¿y la cuerda? ¿No tenía alrededor del cuerpo un cinturón de marinero, de varias brazas de largo? Se lo sacó entonces, convenciéndose, no sin razón, de que los cinturones habían sido inventados para remolcar armadías. La ató a la parte posterior de la balsa y, con una vara larga, empujó el artefacto en la corriente.


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