El tio Robinson
El tio Robinson El procedimiento resultó a pedir de boca. La enorme carga de leña que Flip sostenÃa marchando por la orilla siguió rÃo abajo. La margen era muy escarpada y no habÃa riesgos de que la balsa encallara. A las seis y unos minutos Flip llegaba al lugar del desembarco y amarraba su balsa.
Madre e hijos corrieron a su encuentro.
—¡SÃ, señora! Aquà le traigo todo un bosque —exclamó Flip alborozado—. Y créamelo, todavÃa hay más. Asà que ¡nada de ahorros! La leña no nos cuesta nada.
—¿Pero y este lugar…? —preguntó la señora Clifton.
—¡Oh! ¡Muy hermoso! —respondió impávido el noble marino—. Ya lo verá con sus propios ojos, a la luz del sol. Los árboles son magnÃficos. Con un poco de verdor, la comarca será encantadora.
—¿Y nuestra casa? —preguntó Belle.
—¿Nuestra casa? Mi querida niña, a nuestra casa la haremos nosotros y tú nos ayudarás.
—Pero ¿qué haremos hoy? —dijo la señora Clifton.