El tio Robinson

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—Hoy, señora, hoy tendremos que arreglarnos sin casa y quedarnos donde estamos —respondió Flip un poco cortado—. ¡No encontré la pequeña gruta! El acantilado está limpio y liso como muralla nueva. Pero mañana, de día, encontraremos lo que necesitamos. Mientras tanto hagamos fuego. Eso aclarará nuestras ideas.

Marc y Robert comenzaron a descargar la armadía y depositaron la leña en el suelo, al pie del acantilado. Flip armó una fogata. Procedía con método, como quien conoce su asunto. La señora Clifton y sus dos hijos menores, acuclillados bajo la hendidura, lo miraban hacer.

Cuando Flip hubo terminado su tarea, buscó en su bolsillo la caja de fósforos que nunca lo abandonaba, pues era un fumador empedernido. Hurgó en los grandes bolsillos de su pantalón y, comprobó, estupefacto, que no la tenía.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. La señora Clifton lo miraba fijamente con sus grandes ojos.

—¡Qué imbécil! ¡Mis fósforos están en el bolsillo de mi marinera —exclamó, encogiéndose de hombros!

La marinera había quedado en el bote. Flip subió a bordo, tomó su marinera, buscó, la dio vuelta, volvió a buscar. La caja no estaba.


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